Los eclipses y la grandeza de Dios

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Carlos Villa Roiz

El eclipse solar que tuvo lugar este 21 de agosto, y que fue visible con distinta intensidad en gran parte de Norteamérica, sacó a relucir uno de los fenómenos naturales más espectaculares y que desde hace siglos, ha servido a filósofos y a la gente de ciencia para conocer más acerca del universo, la propia tierra y el sistema solar en el que está inmersa la humanidad.

La historia de la ciencia nos remonta a la antigua Grecia donde se fijaron diferentes posturas en torno a esta clase de fenómenos, pero sería injusto dar todos los aplausos a Europa y hacer a un lado a civilizaciones mesoamericanas, como los olmecas y los mayas, que con menos filosofía y más ciencia y precisión matemática también registraron algunos eclipses y los pasos de cometas, al punto de que pudieron predecir sus periodicidades, como se comprueba en los dibujos del Códice Dresde de origen maya, y otros más, como el Telleriano Remensis. Hay otro tipo de informaciones prehispánicas sobre los eclipses, como son los relieves que aparecen en el basamento piramidal de Xochicalco, en Morelos, en donde se ve como las fauces de un jaguar devoran una esfera que está marcada por una cruz. Esta ciudad prehispánica destacó por los avances científicos que alcanzaron desde el período clásico.

Gracias a los eclipses, en Europa se pudo avanzar sobre la tesis de la forma circular de la tierra y de los demás astros del firmamento, todo en medio de agudas discusiones medievales y aun de épocas posteriores sobre la presunta veracidad de la física aristotélica y las contradicciones que la ciencia iba dando conforme avanzaba y que no eran compatibles con la creación que narra el Génesis, si se le da una interpretación literal.

La verificación de un eclipse, salvó la vida a Cristóbal Colón en su último viaje, quien predijo a los indios que el sol y la luna estarían enfrentados en el cielo, para el 29 de febrero de 1504, tras haber consultado un almanaque que llevaba consigo. Sus palabras asustaron a los naturales y más aún al ver que se cumplía su profecía.
Colón provechó la ciencia para manipular a los indios, como lo escribió Don Hernando Colón, segundo hijo de Don Cristóbal quien fue su biógrafo,[1] y dijo: “como no sabían su causa, ni que fuese cosa que sucedía cada cierto tiempo, ni creían que se pudiera saber en la tierra lo que pasaba en el cielo, tenían por certísimo que el Dios de los cristianos se lo había revelado al Almirante”.[2]

John Flamsteed (1646-1719), quien fue ordenado diácono en 1675, y fue el primer astrónomo real en Reino Unido y el creador del Observatorio Astronómico de Greenwich, hizo las primeras observaciones de Urano; publicó el Atlas Coelestis, un catálogo en 26 mapas con 3000 estrellas que fue la primera gran aportación de este centro de investigación inglesa cuya vigencia duró un siglo, además de que calculó los eclipses solares que tendrían lugar entre 1666 y 1668.

En todos los casos, los eclipses han sido vistos como parte de la perfecta maquinaria celeste creada por Dios, y que desde siempre, nos permite ahondar más en su infinita grandeza y sabiduría.
Algunas interpretaciones de la Biblia hacen suponer que al momento de la crucifixión de Jesús ocurrió un eclipse de sol, ya que los evangelistas y otras fuentes de la época afirman que el cielo se oscureció durante varias horas, además de que hubo un fuerte temblor de tierra.

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